Pero el peor de sus problemas acababa de ocurrir. Tratando de atajar por un terreno lleno de chumberas, había resbalado. Al caer, un grito ahogado se le escapó de los labios mientras algo afilado y brutalmente doloroso se clavaba en la parte exterior de su muslo. Al mirar, vio una espina larga y oscura. la púa de un cactus enterrada profundamente en su carne. Un alo rojo e hinchado ya comenzaba a formarse a su alrededor. Trató de sacarla con los dedos temblorosos, pero solo consiguió que el dolor se intensificara, un fuego punzante que se extendía por toda su pierna.
Se mordió el labio hasta sangrar, conteniendo un soyoso. Estaba herida, agotada y perdida. La desesperación comenzó a devorarla. miró a su alrededor, los ojos nublados por las lágrimas y el agotamiento. Todo era igual, tierra roja, rocas y arbustos secos. Pero a lo lejos, casi como un espejismo en la neblina de calor, creyó ver algo. Una estructura, un rancho, una casa. La esperanza frágil y poderosa surgió de nuevo. Cojeando, apoyándose en su pierna buena, comenzó a avanzar hacia la visión.
Cada paso era una tortura. El veneno de la espina del cactus comenzaba a hacer efecto. Sentía un calor extraño recorriéndola, un mareo que hacía que el horizonte se tambaleara. El sol le taladraba la cabeza. Empezó a delirar. murmuraba para sí misma, palabras incoherentes, pidiendo agua a los fantasmas del desierto. Le pareció ver la cara de su madre decepcionada y luego la de Jedía burlándose de su patética huida. Tropezó y cayó, la mejilla raspando contra la graba. Se quedó allí un momento, el polvo caliente pegado a su piel húmeda.
“Levántate”, se ordenó a sí misma con una voz que era apenas un susurro. “No puedes morir aquí. Con un esfuerzo sobrehumano, se puso de pie una vez más. La estructura estaba más cerca ahora. Definitivamente era un rancho, aunque parecía descuidado, casi abandonado. Un corral vacío, una casa de madera desgastada por el sol y un granero grande, cuya puerta principal colgaba de una de sus bisagras. No vio a nadie. No oyó nada, salvo el zumbido de los insectos y el silvido del viento.
Estaría abandonado. La idea la llenó de alivio. Un refugio. Solo necesitaba un lugar para descansar, para esconderse del sol, para pensar. Su objetivo se convirtió en el granero. Era el lugar más cercano, la promesa de una sombra fresca. La distancia parecía estirarse. Cada metro era 1 km. La pierna herida era un peso muerto que arrastraba. La fiebre subía en oleadas, trayendo consigo escalofríos a pesar del calor sofocante. Finalmente llegó a la entrada del granero. La oscuridad del interior era un bálsamo para sus ojos doloridos.