El olor a eno viejo, a polvo y a animal llenó sus fosas nasales. Era el olor de la vida, de la tierra. se tropezó al cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre un montón de paja suelta. Ya no podía más. Se arrastró un poco más adentro, buscando el rincón más oscuro, y se derrumbó sobre el eno, su cuerpo finalmente rindiéndose. Se acurucó, temblando incontrolablemente, el vestido hecho girones apenas ofreciendo consuelo. La oscuridad la envolvió, pero no era pacífica.
Era una oscuridad febril, llena de sombras danzantes y el recuerdo punzante del dolor en su pierna. Y mientras se hundía en la inconsciencia, su último pensamiento fue una pregunta aterradora. ¿Había escapado de una pesadilla solo para morir en otra? Caelan Black Quot, Cael, para los pocos que se atrevían a dirigirse a él con familiaridad, estaba acostumbrado al silencio. Era su compañero constante en aquel rancho aislado que se aferraba a la vida en medio de la brutalidad del desierto de Arizona.
El silencio era roto solo por el viento, el relincho ocasional de su semental, Ximena o el crujido de la madera de su casa bajo el sol del mediodía. A sus 35 años, Cael era un hombre tallado por la misma tierra que habitaba, duro, resistente y con una superficie que no revelaba nada de lo que había debajo. Su rostro estaba curtido por el sol y el viento, con una barba corta y oscura que ocultaba una mandíbula cuadrada y, según decían algunos, una cicatriz de sus días en la guerra.
Sus ojos, de un gris tormentoso, habían visto demasiado y hablaban poco. Se movía con una economía de movimientos que rozaba la letalidad, la herencia de un pasado que prefería mantener enterrado junto con sus muertos. Había comprado este rancho, la espina solitaria, hacía 5 años, buscando un exilio autoimpuesto del mundo, de los hombres y de sus recuerdos. Era un lugar perfecto para un hombre que no quería ser encontrado. Esa tarde regresaba de una larga jornada reparando una sección de la cerca en el límite norte de su propiedad.
El sol comenzaba a descender, tiñiendo el cielo de naranjas y morados. Estaba cansado, cubierto de sudor y polvo, y lo único que ansiaba era un trago de whisky y la tranquila compañía de la noche. Cuando se acercaba al granero para guardar sus herramientas, notó algo fuera de lugar. La puerta, que siempre aseguraba con una tranca de madera, estaba entreabierta. Una helada cautela recorrió su cuerpo, un instinto afilado por años de peligro. Se detuvo en seco, sus sentidos en alerta máxima.