Su rostro se endureció. Sus ojos se perdieron en las llamas. Una vez tuve una vida en ese mundo, una casa, una familia, una hija se detuvo y el dolor en su voz era tan palpable que sintió el impulso de alargar la mano y tocarlo. “Tenía tus mismos ojos”, susurró él, “azules como el cielo, su madre y ella una fiebre se las llevó mientras yo estaba en la guerra, luchando por la libertad de otros mientras perdía la mía.” El corazón de Elía se encogió.
Ahora todo encajaba. El aislamiento, la autosuficiencia, el miedo a conectar. Estaba atrapado en el pasado, un fantasma en su propio rancho, rondado por los fantasmas de las mujeres que había amado y perdido. “Lo siento mucho, Cael”, dijo ella suavemente. Él apartó la vista del fuego y la miró como si la viera de verdad por primera vez. vio más allá de la novia fugitiva, de la complicación. Vio a una mujer joven y compasiva. No te compadezcas de mí, chica.
La autocompasión es un veneno que te pudre por dentro. Se puso de pie bruscamente. Es tarde. Deberías dormir. Esa noche ya no pudo dormir. Pensaba en Cael, en su dolor oculto, en su soledad autoimpuesta. Había encontrado refugio en su rancho, pero se dio cuenta de que él también se escondía allí, no de un marido abusivo, sino de la vida misma. Y en la oscuridad de su pequeña habitación, con la tormenta rugiendo afuera, tomó una decisión. No sería solo una invitada temporal.
Ayudaría a Cael. le devolvería no solo el favor de haberle salvado la vida, sino que trataría de devolverle un pedazo de la vida que había perdido. Empezó al día siguiente. A pesar de su cojera, insistió en ayudar con las tareas. Aprendió a alimentar a las gallinas, a recoger los huevos, a deservar el huerto. Al principio, Cael se resistió. “Tu trabajo es curarte, no convertirte en mi jornalera, gruñó. Y mi curación será más rápida si me siento útil, no un fardo”, replicó ella con una firmeza que lo sorprendió.
Él la observó mientras trabajaba con torpeza, pero con determinación. Vio como la vida volvía a su rostro, como el sol le daba un color saludable a sus mejillas. Vio como su risa, cuando una gallina le picoteaba los dedos, llenaba el silencio del rancho y se dio cuenta, con una punzada de pánico, de que se estaba acostumbrando a tenerla cerca. El rancho dejó de ser un santuario de silencio para convertirse en un lugar lleno de vida. Había conversaciones mientras preparaban la cena, discusiones sobre la mejor manera de podar los tomates e incluso momentos de humor cuando Lea intentaba sin éxito ordeñar a la única vaca de Cael.