Se dirigió a la ventana y miró hacia el granero. Una oscuridad total. Estaba allí durmiendo en su eno, una desconocida que había traído el caos a su santuario de paz. y fuera en alguna parte el hombre del que huía, un hombre que sin duda la estaría buscando. Cael terminó su whisky de un trago. Mañana sería otro día. Mañana tendría que decidir qué hacer con ella. Pero esa noche supo con una certeza inquebrantable que protegería ese granero y a su inesperada ocupante con su propia vida.
A kilómetros de distancia, Jederi Torne estrelló un vaso contra la pared de su lujosa suite. La fiesta de bodas había terminado en humillación. Su novia, su propiedad, había desaparecido. Lo había avergonzado delante de todos sus socios y rivales. Encontradmela, siseó a los dos hombres que estaban frente a él. Dos matones a sueldo con rostros impasibles. No me importa cómo quiero que la traigáis de vuelta. se va a arrepentir del día en que decidió desafiarme. Su voz era baja y venenosa, la promesa de una crueldad sin límites.
Los hombres asintieron y se marcharon. Jedía se acercó a la ventana, mirando hacia el vasto y oscuro desierto. “Puedes correr, mi pequeña y tonta Lia”, susurró a la noche. “Pero no puedes esconderte de mí.” En el granero de Cael, ya se agitó en su sueño febril. Soñó con garras y jaulas, con ojos fríos como piedras y un dolor agudo en el brazo. Pero entonces la pesadilla cambió. Soñó con la oscuridad, con un peso reconfortante sobre ella y una voz grave susurrando en su oído, prometiendo que el dolor pasaría.
Y en el umbral entre el sueño y la vigilia se aferró a esa voz como un náufrago a una tabla en medio del océano. El primer rayo de sol se coló por las rendijas del granero, despertando a Lía con un suave calor en la cara. Parpadeó desorientada. Por un momento, no supo dónde estaba. El olor aeno, el suelo duro bajo su cuerpo. Entonces, los recuerdos del día anterior volvieron en tropel. La huida, el dolor, el hombre. Cael se incorporó con cuidado, apoyándose en los codos.
Le dolía todo el cuerpo, pero la fiebre parecía haber bajado. Ya no temblaba. Miró su pierna. El vendaje improvisado estaba en su sitio, manchado de sangre seca. Le dolía, pero era un dolor sordo y manejable, no el fuego torturador de la víspera. El granero estaba silencioso, lleno de la luz dorada del amanecer. Vio las herramientas de Cael colgadas ordenadamente en una pared, un montón de sillas de montar en un rincón. Todo hablaba de una vida de trabajo duro y orden.
¿Dónde estaba él? El miedo, su viejo compañero, asomó la cabeza. la habría abandonado o quizás se había arrepentido de ayudarla y había ido a buscar al Seriff, o peor, a Jedia, un sonido fuera del granero la hizo sobresaltarse. El sonido de un hacha cortando madera, rítmico, constante, poderoso, se arrastró hasta una rendija en la pared de madera y miró a través de ella. Lo vio. Estaba en el patio con el torso desnudo bajo el sol de la mañana.