Su espalda era una ancha extensión de músculos tensos que se movían con cada golpe del hacha. Estaba partiendo leña con una eficiencia brutal. Lia se quedó sin aliento. A la luz del día, era aún más imponente. Era un hombre forjado en la naturaleza, todo ángulos duros y fuerza bruta. Vio las cicatrices que surcaban su espalda, pálidas líneas contra su piel bronceada, testimonios de un pasado violento. Y sin embargo, recordó la gentileza de sus manos al limpiarle la herida, la calma en su voz cuando la sujetó.
Era una contradicción andante, un hombre salvaje con un toque de cirujano. Observó fascinada y asustada a partes iguales hasta que él pareció sentir su mirada. Se detuvo en medio de un golpe, el hacha en alto, y giró la cabeza lentamente, sus ojos grises buscando y encontrando la rendija por la que ella espiaba. Su corazón dio un vuelco. Se apartó de la pared de un respingo, como una niña pillada haciendo una travesura, y se acurrucó de nuevo en el eneno, el rostro ardiendo de vergüenza.
Unos momentos después, oyó sus pasos acercándose. La puerta del granero se abrió, inundando el interior de luz. Se quedó inmóvil fingiendo estar dormida. Cael entró. Ella podía sentir su presencia, una energía contenida que llenaba el espacio. No dijo nada durante un largo rato. Lia se atrevió a abrir los ojos una rendija. Él estaba de pie junto a ella, mirándola con una camisa ahora cubriendo su torso. Llevaba una bandeja en las manos. En ella había una taza humeante, un trozo de pan y lo que parecía un guiso en un cuenco de madera.
se arrodilló igual que la noche anterior. “Sé que estás despierta”, dijo su voz grave, sin inflexión. Lea abrió los ojos por completo y se sentó el bochorno haciendo que no pudiera mirarlo a los ojos. Él dejó la bandeja a su lado. “Come, necesitas recuperar fuerzas.” “Gracias”, murmuró ella mirando la comida. Tenía un hambre voraz. cogió el pan y le dio un mordisco. Era denso y sabroso. El guiso olía a carne y verduras. Empezó a comer con una avidez que la avergonzó, pero no podía evitarlo.
Cael la observó en silencio, lo que la puso aún más nerviosa. Se obligó a comer más despacio. “¿Cómo? ¿Cómo está mi pierna?”, preguntó para romper el silencio. “La herida está limpia.” El enrojecimiento ha bajado, respondió él. Pero necesitarás descansar unos días. No puedes caminar con ella unos días. La idea de quedarse allí a merced de este extraño la aterraba. Pero, ¿qué otra opción tenía? En el desierto no sobreviviría ni un día más. Y la alternativa, volver con Jedíá, era impensable.
asintió la mirada fija en su cuenco. “No tengo, no tengo cómo pagarte”, dijo en voz baja. “Por la comida, por por todo.” Cael se movió y por un momento ella pensó que se iba a levantar, pero en su lugar se sentó en eleno frente a ella apoyando la espalda en un poste. La observó con esos ojos grises insondables. “No te he pedido pago”, dijo. Finalmente se hizo un silencio incómodo, lleno de preguntas no formuladas. Lea terminó su guiso y bebió el líquido de la taza.