Los evaluadores se miraron, sorprendidos.
—Esto no es obediencia automática —dijo uno.
—Es vínculo —completó el principal.
La prancheta quedó en suspenso un momento. Luego, el hombre respiró hondo:
—Un perro que, en este estado, elige proteger a una niña en lugar de atacar… no es un animal perdido. Es un animal herido.
Arnaldo cerró los ojos un instante, como si alguien le hubiera quitado un peso del alma.
La granja entera vio el milagro siguiente.
Era una tarde gris, el viento soplaba raro. Los hombres recogían herramientas antes de que cayera la lluvia. Clara estaba cerca de la cerca, tarareando mientras entrelazaba flores en un cordón que había colocado alrededor del cuello de Zeus. El perro estaba tumbado a su lado, tranquilo.
Dentro del galpón, un cerrojo mal puesto golpeó con fuerza. Una puerta metálica usada para el ganado se abrió de golpe. Un caballo joven, ya nervioso, se asustó, rompió la cuerda y salió disparado al patio, completamente fuera de control.
Clara estaba en su trayectoria, distraída.
—¡Clara, sal de ahí! —gritó Eduardo, soltando el balde.