Zeus abrió los ojos. Por reflejo, todos esperaron el ataque. Pero el perro solo dio un paso atrás, como si respetara el miedo del padre.
—Este bicho no sirve —murmuró uno, más por costumbre que por convicción.
Arnaldo, en cambio, susurró otra cosa:
—Ella es la única a la que él escucha.
Unas semanas después, llegó la noticia que todos temían: una comisión vendría a evaluar a Zeus. Si lo consideraban irrecuperable, no habría granja que lo salvara.
El día señalado, una camioneta blanca subió por el camino de tierra, trayendo a tres hombres uniformados, con pranchetas y equipo de protección.
—Así que este es el famoso Zeus —comentó el evaluador principal, estudiando al perro desde lejos—. El del caso del sargento Ribeiro.
Zeus fue llevado a la arena con una cadena gruesa. Bastó que Arnaldo se acercara un poco más de la cuenta para que el perro explotara. La cadena se tensó, el pecho avanzó, el gruñido retumbó seco. Uno de los evaluadores casi fue derribado por la fuerza del tirón.
—Primera marca —anotó el hombre.
—Zeus, ¡siéntate! —gritó Arnaldo.
El perro respondió con otro gruñido, los colmillos expuestos.
—Segunda marca.
Una tercera marca era una sentencia.