Intentó.
Eduardo dejó a Clara apilando piedritas cerca del galpón y fue a buscar herramientas. Cuando se dio cuenta, ella ya no estaba allí.
Clara estaba frente al corral.
Zeus también.
Se había acercado a la valla despacio, con el rabo bajo, el cuerpo tenso, pero no en ataque. Solo se detuvo cuando el hocico casi tocó la madera. Clara pegó las manos a los huecos de las tablas.
—Hola, Zeus —dijo, como si hablara con el perro de un vecino.
El pastor alemán olfateó sus dedos, caliente, jadeante… y no gruñó. Al contrario, cerró los ojos un instante, inclinando el peso de la cabeza contra la cerca para acercarse un poco más.
Arnaldo casi dejó caer su taza de café.
—Espera —ordenó, cuando un peón dio un paso para apartar a la niña.
Clara se atrevió a pasar la mano por una rendija, sus deditos alcanzando el pelo áspero del hocico. Zeus no retrocedió ni atacó. Se dejó tocar, como alguien que lleva mucho tiempo sin sentir una caricia de verdad.
Eduardo llegó corriendo.
—¡Clara!