“Nadie podía domar a este perro policía salvaje… hasta que una niña hizo algo impactante!”

 

 

Cuando la camioneta se detuvo, Clara fue la primera en saltar. La mochila azul casi nueva contrastaba con el paisaje de cercas viejas, galpones de madera y olor a animal.

—Quédate cerca de mí, Clara —pidió Eduardo, poniendo la mano en su hombro.

Pero la niña ni respondió. Su mirada había sido atrapada por el corral más alejado, donde un pastor alemán caminaba en círculos, como un trueno encerrado.

Zeus.

Los hombres lo vigilaban con cuidado, siempre detrás de la cerca.

—Ese no tiene arreglo —susurró un peón, con los dedos blancos de tanto apretar la madera.

—Todo animal tiene arreglo —gruñó Arnaldo, el entrenador jefe, más por terquedad que por certeza.

Cuando padre e hija cruzaron el patio, Zeus se dio cuenta. Un gruñido grave le subió desde el pecho, las patas castigaron el suelo. Pero, en vez de lanzarse contra las tablas como siempre, se detuvo.

Fijó los ojos en la niña.

Durante unos segundos, el mundo se redujo a esa línea invisible entre los dos. Clara, junto a la escalera de la oficina, sujetando el asa de la mochila. Zeus, al otro lado de la arena, inmóvil como si también estuviera siendo observado por algo que no entendía.

 

 

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