Encontré el fondo falso. Ahí estaba el nuevo cajón con teclado.
Se abrió.
No había fajos de billetes. Había papeles: deudas, apuestas, préstamos con intereses ridículos. Bruno no era un genio: era un adicto.
Y al fondo… un celular barato. Mensajes:
“Estás fuera de tiempo. Si no pagas, vamos por el dedo de tu esposa. El del anillo.”
Me ardió la garganta.
No venían por Bruno. Venían por mi hija.
Guardé todo en la ropa. Cuando me giré, escuché el clic de la puerta.
Ximena estaba ahí… con un cuchillo de cocina en la mano. Ojos hinchados. Respiración temblorosa.
“Bruno dijo que usted iba a escapar… que estaba… mal”, susurró.
“Ximena”, dije despacio. “¿De verdad me ves y piensas que yo soy el peligro?”
Le mostré el celular. “Lee.”
Ella leyó.
Y el cuchillo se le cayó como si quemara.
Se derrumbó en el piso, sollozando. “Yo… yo vi cómo trataba a mamá… y no hice nada.”
“Porque te gustaba la vida”, dije sin suavidad. “Los carros, las fiestas, la gente.”
Me miró con terror. “Pero él… él no haría…”
“Ya lo hizo”, corté. “Te puso precio.”
Ahí, por primera vez, vi en los ojos de mi hija algo más que vergüenza: rabia.
“Dígame qué hago”, murmuró.
“Necesito una llamada”, dije. “Y necesito tiempo. Tú vas a entretenerlo… como esposa perfecta… una última vez.”
La Licenciada Consuelo Castañeda respondió al segundo timbrazo desde la Ciudad de México. Mi abogada, mi “arregladora” de incendios empresariales.