El otro… el otro era Javier.
Lo vi gritando, con la cara descompuesta, mientras lo metían a la patrulla.
Me dejé caer al suelo, abrazando a Sofía, que empezaba a llorar contagiada por mi miedo.
—Ya están detenidos —dijo mi padre al teléfono. Su voz sonaba lejana ahora, cansada—. Estás a salvo.
—Ven —le supliqué—. Papá, ven por favor. Te necesito.
Hubo un silencio largo.
—No puedo, Elena. Si aparezco ahora, te pongo en peligro otra vez. Mis enemigos saben que estás viva, pero no saben dónde estoy yo. Mientras yo siga siendo un fantasma, tú estarás segura.
—¡No es justo! —grité—. ¡No puedes volver a dejarme!
—Te amo, mi niña. Cuida a Sofía. Tienes una cuenta a nombre de Doña Chayo con dinero suficiente para irte lejos, empezar de nuevo. Hazlo. Desaparece como yo. Es la única forma.
—Papá…
—Adiós, Elena.
La línea se cortó.
Me quedé mirando el teléfono en silencio, mientras Doña Chayo me ponía una taza de té caliente en las manos.