Hay momentos en la vida en los que el instinto grita más fuerte que la razón. Instantes donde el aire se siente pesado y los vellos de la nuca se erizan sin explicación aparente. Yo ignoré esas señales, hasta que una desconocida me salvó la vida.
Me llamo Elena. Hace un mes me mudé a una casa hermosa en una privada en las afueras de Querétaro. Parecía el lugar perfecto para criar a mi hija, Sofía, de dos años. Mi esposo, Javier, viajaba constantemente por negocios, así que pasábamos mucho tiempo solas.
Esa tarde, el cielo estaba gris, amenazando con una de esas tormentas eléctricas que hacen temblar las ventanas. Llegaba del supermercado, cargando a Sofía en mi cadera derecha y haciendo malabares con las llaves y el bolso.
Estaba a punto de subir los escalones del pórtico cuando sentí una mano fría y huesuda aferrarse a mi muñeca.
Salté del susto.
Era una anciana. No la había visto acercarse. Tenía el cabello blanco como la nieve, recogido en un chongo desordenado, y llevaba un chal tejido que olía a menta y a tierra mojada. Sus ojos, nublados por cataratas, me miraban con una intensidad que me hizo querer salir corriendo.
Sus dedos eran delgados, pero tenían una fuerza sorprendente, como garras de pájaro.
—No entres… llama a tu padre —susurró. Su voz era áspera, temblorosa, pero cargada de una urgencia que no admitía dudas.
Parpadeé, confundida, tratando de soltarme con suavidad.
—¿Cómo dice, señora? —pregunté, pensando que tal vez sufría de demencia.
—Llámalo —repitió, apretando más mi muñeca. Sus ojos se desviaron hacia la puerta de mi casa, luego hacia la ventana del segundo piso, donde estaba la habitación principal… como si esperara ver una sombra—. Hazlo ahora mismo.