Sofía se removió en mis brazos, soltando un suspiro de sueño. La abracé más fuerte, sintiendo una punzada de protección.
Traté de sonreír con educación, aunque el miedo empezaba a burbujear en mi estómago.
—Señora, mi padre murió hace ocho años —dije suavemente, intentando que entendiera—. Hubo un accidente. Creo que me confunde con otra persona. Por favor, suélteme, tengo que entrar, va a empezar a llover.
El agarre de la mujer no aflojó. Al contrario, me jaló un paso hacia atrás, alejándome de la puerta.
—No —dijo—. No me equivoco.
Sus labios se apretaron en una línea fina. Ya no parecía una anciana perdida; parecía un general dando una orden.
—Te mudaste aquí el mes pasado. Tu esposo dice que viaja, pero hay cosas que no sabes. Estás más sola de lo que crees, niña. Y esta noche… —tragó saliva, y vi terror real en su cara— esta noche tu puerta no es segura. La muerte te está esperando detrás de esa madera.
Sentí un frío glacial recorrerme la espalda.
Miré mi casa. Se veía perfecta. La pintura blanca impecable, la corona de flores secas que colgué la semana pasada, el tapete de “Bienvenidos”. Todo estaba en silencio. No había luces encendidas.
—Señora, por favor… me está asustando.
—¡Hazlo! —siseó—. ¡Llama! Aunque pienses que es inútil. Marca el número. Y escucha.
Debí haberme reído. Debí haberle dicho que estaba loca, subir a mi coche y llamar a la seguridad de la privada. Debí seguir caminando hacia mi cocina para guardar la leche que se estaba calentando en el auto.