Pero hubo algo en su voz. No había teatro. No había locura. Había una advertencia desesperada.
Con la mano temblorosa, saqué mi celular del bolsillo trasero de mi pantalón de mezclilla.
Busqué en mis contactos. Mi pulgar se detuvo sobre un nombre que no había tocado desde el día del funeral: PAPÁ.
Nunca lo borré. No pude. Era como borrar la última conexión que tenía con él. El número seguía ahí, como un viejo moretón que duele cuando lo presionas.
—Esto es ridículo —murmuré para mí misma, sintiéndome estúpida.
La anciana no me soltaba. Asintió con la cabeza, instándome.
Presioné “llamar”.
El silencio de la línea me pareció eterno.
Tuu… tuu…
Sonó una vez. Mi corazón golpeaba contra mis costillas como un pájaro enjaulado. “Va a salir el buzón”, pensé. “O va a decir que el número no existe”.
Tuu…
Y entonces, la línea se abrió.
—¿Hola? —dijo una voz masculina. Baja. Tranquila. Rasposa.
El aire se me atascó en la garganta. Casi se me cae el teléfono.