Esa voz.
No era idéntica a la de mi padre joven, el que recordaba riendo en las fiestas. Era más vieja, más cansada. Pero tenía el mismo ritmo, la misma cadencia pausada, esa forma de respirar antes de hablar que solo él tenía.
Me quedé paralizada en la banqueta, bajo la llovizna que empezaba a caer.
—¿Papá? —susurré, con los ojos llenos de lágrimas.
Hubo un instante de silencio al otro lado. Escuché una exhalación profunda, como de alivio y dolor al mismo tiempo.
Y entonces, la voz al otro lado dijo una frase que me destruyó y me salvó al mismo tiempo:
—Elena, mi amor… no des ni un paso más. Tu esposo no está en Monterrey como te dijo. Y el hombre que te está esperando detrás de la puerta con un cuchillo, te está observando por la mirilla ahora mismo.
El mundo se me vino encima.
—¿Qué? —balbuceé.
—Escúchame bien, hija —la voz se volvió autoritaria, militar—. Camina despacio hacia la calle. No corras todavía. Haz como si hubieras olvidado algo en el coche. Doña Chayo, la señora que está contigo, te va a llevar a su casa en la esquina. ¡Muévete, ahora!
La anciana, Doña Chayo, me jaló del brazo. Esta vez no me resistí.
Caminé hacia atrás, con los ojos fijos en mi puerta.
Justo cuando llegué a la acera, vi cómo la cortina de la sala se movía ligeramente. Alguien estaba ahí.
—¡Corre! —gritó la voz en el teléfono.