Corrí. Corrí con Sofía rebotando en mis brazos, siguiendo a la anciana que, a pesar de su edad, se movía con una agilidad sorprendente.
Entramos a su casa, una pequeña vivienda color ocre en la esquina de la cuadra. Ella cerró la puerta con tres cerrojos y me llevó a la cocina, lejos de las ventanas.
Yo seguía con el teléfono en la oreja, temblando incontrolablemente.
—¿Papá? ¿Eres tú? ¿Estás muerto? —lloraba—. ¡Te enterramos! ¡Vi tu ataúd!
—No hay tiempo para explicar todo ahora, Elena —dijo la voz, quebrada—. Lo siento. Dios sabe que lo siento. Tuve que hacerlo para protegerlas. Los problemas en los que me metí… iban a ir por ti y por tu madre. Tuve que desaparecer.
—¿Y Javier? —pregunté, sintiendo náuseas—. ¿Qué tiene que ver Javier?
—Javier no es quien crees. Él trabaja para las personas de las que yo huí. Se casó contigo para encontrarme. Llevan años buscándome. Y se cansaron de esperar. Él planeó un “robo” para esta noche. Quería cobrar el seguro de vida, Elena. El tuyo.
Escuchar eso fue peor que cualquier golpe. Mi esposo. El padre de mi hija. El hombre que me besó esa mañana antes de irse “de viaje”.
—La policía ya va en camino —continuó mi padre—. Tengo cámaras en tu calle. He estado vigilándote cada día de estos ocho años, mija. Nunca te dejé sola. Doña Chayo ha sido mis ojos cuando yo no podía mirar.
A los pocos minutos, las sirenas inundaron la calle.
Me asomé con cuidado por la ventana de la cocina de Doña Chayo.
Vi patrullas rodear mi casa. Vi cómo sacaban a dos hombres esposados. Uno era un desconocido vestido de negro.