—No heredaste nada.
Te fuiste.
Sin mirar atrás.
Sin llamar.
Sin importar si yo estaba viva o muerta.
Su mandíbula se tensó.
Por primera vez… no tenía palabras.
La lapicera… sin valor
La lapicera cayó de su mano.
Ese elegante bolígrafo que había traído…
como si fuera a firmar el final de mi vida.
—Mamá… —dijo en voz baja—. Yo solo…
—No —lo interrumpí—. Ya es tarde para “solo”.
Epílogo
Esa tarde…
él se fue.
Sin contrato.
Sin casa.