Mi hijo volvió después de 6 años. Trajo una lapicera y un contrato en lugar de un abrazo.

 

 

 

—No heredaste nada.

Te fuiste.

Sin mirar atrás.

Sin llamar.

Sin importar si yo estaba viva o muerta.

Su mandíbula se tensó.

Por primera vez… no tenía palabras.

 La lapicera… sin valor

La lapicera cayó de su mano.

Ese elegante bolígrafo que había traído…

como si fuera a firmar el final de mi vida.

—Mamá… —dijo en voz baja—. Yo solo…

—No —lo interrumpí—. Ya es tarde para “solo”.

Epílogo

Esa tarde…

él se fue.

Sin contrato.

Sin casa.

 

 

 

 

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