Una semana después
Tocaron mi puerta.
Era él.
Mi hijo.
Sonriendo.
Como si nada hubiera pasado.
Mamá… necesito hablar contigo.
Lo dejé entrar.
Se sentó.
Miró alrededor.
No con cariño.
Con cálculo.
La petición
—Quiero que me firmes la casa —dijo, directo.
Parpadeé.
—¿Cómo dices?
—Es lo mejor para todos —respondió—.
Tú ya no necesitas algo tan grande.
Sentí algo romperse dentro de mí.