Me hablaba de sus hijos.
Del miedo a quedarse sin hogar.
De las noches sin dormir.
De cómo yo era la única persona que podía ayudarlos.
Finalmente cedí.
Convencido de que estaba haciendo lo correcto, realicé la transferencia.
Recuerdo el momento exacto en que pulsé el botón de confirmar.
Sentí miedo.
Pero también alivio.
Pensé que estaba ayudando a salvar a mi familia.
Y jamás imaginé que aquella decisión cambiaría nuestra relación para siempre.
Durante los primeros meses no dije nada sobre el dinero.
Sabía que estaban atravesando dificultades y no quería presionarlos.
Pero con el tiempo empecé a notar algo extraño.
Las redes sociales mostraban escapadas de fin de semana.
Cenas en restaurantes.
Compras que no parecían propias de alguien al borde de la ruina.
Aun así intenté convencerme de que estaba juzgando demasiado rápido.
Cuando preguntaba por el préstamo, siempre recibía la misma respuesta.
—Estamos ajustándonos todavía.