—Estoy bien, mamá —me aparté, secándome una lágrima traicionera—. Al menos en el hospital ayudo a la gente. Allí me necesitan.
—Aquí también te necesitamos. Yo te necesito. Y Marcos también, aunque ese chico esté demasiado cegado por su vida de ejecutivo en Londres para verlo. —Graciela me llevó a la cocina y me sirvió un vaso de vino—. Cuatro años, Linda. Cuatro años sin pisar España. ¿Cuándo vas a decirle la verdad? ¿Que estás sola? ¿Que le echas de menos hasta que duele?
—No puedo hacerle eso. Por fin está viviendo su sueño, mamá. Gana buen dinero, hace un trabajo que importa. No seré la madre española típica que le monta un drama para que vuelva con la culpa.
—No es culpa, hija. Es amor. Hay una diferencia.
Miré mis manos, desgastadas por el jabón antiséptico.
—David solía decir que amar significa dejar ir. Dejar que Marcos volara.
—David también decía que amar significa estar presente. —Graciela apretó mi mano—. Tu marido no querría que vivieras así, Linda. Trabajando hasta los huesos, cenando yogur frente a la tele, fingiendo que estás bien cuando te estás rompiendo por dentro.
Nos sentamos en silencio. Fuera, empezó a llover aguanieve.
—Debería irme —dije finalmente—. Mañana es Nochebuena y tengo el turno largo.
Graciela me agarró la mano en la puerta.
—Prométeme algo.
—¿Qué, mamá?