De repente, mi teléfono vibró en mi mano. “Marcos” parpadeó en la pantalla. Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que dolió.
—¡Marcos! Hola, mi vida.
—Hola, mamá.
Su voz sonaba metálica y cansada. De fondo se oía el repiqueteo furioso de un teclado.
—Siento no haber llamado antes. Ha sido una locura en la oficina.
—Lo entiendo, cariño. ¿Cómo estás? ¿Estás comiendo bien? ¿Te abrigas? Dicen que en Londres hace mucho frío.
—Estoy bien, mamá. Escucha, no puedo hablar mucho, pero… —hizo una pausa que me heló la sangre—. No voy a poder ir a casa por Navidad.
Cerré los ojos y me apoyé contra la encimera fría. Por supuesto que no. No había venido en cuatro años. ¿Por qué este año iba a ser diferente?
—Ah… —fue lo único que pude articular.
—Hay una fecha límite enorme para un proyecto el día 26. Todo el equipo va a trabajar durante las fiestas. Esto podría ser muy grande para mi carrera, mamá. Nivel ascenso a director.
—Lo entiendo. —Mi voz se mantuvo firme, entrenada para dar malas noticias a familiares de pacientes, aunque algo dentro de mi pecho se rompió un poco más—. Tu trabajo es importante, Marcos. Estoy muy orgullosa de todo lo que estás logrando.
—¿Seguro que te parece bien? —El alivio inundó su voz, como si hubiera estado preparándose para una bronca que nunca llegaría.
—Sé que hace tiempo que no vienes…