Mis manos se detuvieron bajo el chorro de agua fría. Por un segundo, sentí que la máscara se me resbalaba. Enderecé la espalda y le ofrecí mi sonrisa profesional número cuatro.
—Estoy bien, de verdad.
El busca de Patricia sonó, salvándome. Ella lo miró, suspiró y se dirigió a la puerta.
—Piénsalo, Linda. Te mereces más que esto.
Cuando se fue, saqué mi móvil. El fondo de pantalla era una foto de Marcos de hace cuatro años. La última vez que estuvo en España. Alto, guapo, con esa sonrisa inteligente tan parecida a la de David. Abrí nuestro chat de WhatsApp. El último mensaje era de hacía tres días.
Yo: Hola cariño, ¿cómo va tu semana? Te quiero.
Marcos: Semana de locos, mamá. Hablamos pronto.
Empecé a escribir un nuevo mensaje: “¿Sabes si podrás venir aunque sea un par de días?”. Me detuve. Lo borré. Él estaba ocupado en Londres, trabajando para una gran tecnológica. No necesitaba a su madre agobiándole con culpas. En su lugar, hice lo que hacía siempre: desplazarme por fotos antiguas. Marcos a los 8 años, desdentado, con su disfraz de pastorcillo en el colegio. Marcos a los 13, incómodo en su primer traje para la comunión de un primo. Marcos a los 22, el día de su graduación, con el brazo sobre mis hombros.
Esa fue la última foto donde sus ojos estaban realmente presentes. Después, las fotos escaseaban. Capturas de pantalla de Skype o Zoom, siempre con él mirando un segundo monitor, siempre con prisa.