Llevo 21 años trabajando en Nochebuena para huir de mi soledad, hasta que salvé al jefe de mi hijo y todo cambió.

 

 

Pasos arriba. Música de villancicos bajita. El olor inconfundible del café y de tostadas.

Bajé las escaleras en bata. Marcos estaba en la cocina, con un delantal que ponía “El Chef de la Casa” (un regalo de broma de Sara), intentando no quemar unas tortitas.

—Buenos días, mamá. Feliz Nochebuena.

—Feliz Nochebuena, cariño.

Desayunamos juntos, sin prisa. Luego, pasamos la mañana decorando. Habíamos comprado un árbol natural, el primero en años. Sacamos las cajas del trastero.

—Mira esto —Marcos sacó un adorno de arcilla, una huella de mano pintada de dorado, deforme y preciosa—. Lo hice en primero de primaria.

—Me hiciste prometer que lo pondría siempre —dije, sintiendo un nudo en la garganta.

—¿Lo hiciste? ¿Incluso cuando yo no estaba?

—Cada año, Marcos. Lo ponía en el centro y me imaginaba que estabas aquí.

Él colgó el adorno en la rama principal, con cuidado reverente.

—Ahora estoy.

A media tarde, la casa empezó a llenarse. La abuela Graciela llegó con bandejas de pasteles. Luego llegaron Hugo, Catalina y Guillermo, cargados de bolsas con regalos y vinos caros.

—¡Traemos la cena! —anunció Catalina—. Tú no vas a cocinar hoy, Linda. Hoy te toca ser la reina.

 

 

 

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