Poco después apareció la Dra. Reinoso, y también Sara, antes de su turno, para darnos un abrazo.
—Gracias por enseñarme lo que significa cuidar de verdad —me dijo Sara al oído.
Le di un tupper gigante lleno de jamón y marisco.
—Para el equipo de guardia. Diles que les quiero.
A las nueve de la noche, nos sentamos a la mesa. Éramos siete personas. La mesa, que había acumulado polvo durante años, ahora brillaba con velas, copas de cristal y risas.
Presidí la mesa, con Marcos a mi derecha y Hugo a mi izquierda. Miré a mi alrededor. Familia de sangre y familia de elección. Todos juntos.
Después de la cena, mientras servíamos el turrón y el cava, Marcos desapareció un momento y volvió con una caja envuelta.
—Este no puede esperar a mañana —dijo.
Abrí la caja. Dentro estaba el jersey. Ese jersey rojo y verde, con el reno y las luces, que me había regalado hace tantos años y que nunca había estrenado.
—Lo guardaste —dijo él suavemente.
—Esperaba la ocasión adecuada.
—Creo que es hoy. Póntelo, mamá.
Me quité la chaqueta y me puse el jersey. Me quedaba perfecto. Marcos sacó su móvil y lo puso en un trípode improvisado sobre la chimenea.