—Por supuesto que no. Ella nunca te dice nada para no “molestarte”. —Hugo se inclinó hacia la cámara—. La he visto, Marcos. He visto cómo come sola. He visto cómo mira su teléfono esperando un mensaje tuyo que nunca llega o que tiene tres palabras. He visto a una mujer que ha sacrificado 21 Navidades para cuidar a los padres de otros porque su propio hijo está demasiado ocupado “teniendo éxito” para venir a verla.
—Yo… yo no sabía… —la voz de Marcos se quebró.
—No sabías porque no preguntaste. Porque es más fácil creer la mentira de que “mamá está bien” que enfrentar la realidad de que la has abandonado.
—¡No la he abandonado! —gritó Marcos, con lágrimas en los ojos—. ¡Lo hago por ella! ¡Quiero que esté orgullosa!
—¿Orgullosa de qué? ¿De un hijo fantasma? —Hugo suavizó la voz—. Escucha, Marcos. Casi me muero. Y en ese momento, no pensé en mis acciones, ni en mi dinero. Pensé en mi madre. Tienes una oportunidad que yo casi pierdo. Tienes un puesto esperándote aquí en Madrid. Director de Tecnología del Grupo Blanco. Mismo sueldo, mejores condiciones. Pero la condición es que tienes que estar aquí. Físicamente.
Marcos se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—¿Está ella ahí?
Hugo me miró y asintió. Me acerqué a la cámara, con las lágrimas corriendo por mi cara.
—Hola, hijo.
—Mamá… —Marcos rompió a llorar al verme, allí con mi uniforme, al lado de su jefe—. Mamá, perdóname. Soy un idiota. Soy un maldito idiota.
—No, cariño, solo estabas ocupado… —intenté consolarle como siempre.