Llevo 21 años trabajando en Nochebuena para huir de mi soledad, hasta que salvé al jefe de mi hijo y todo cambió.

 

 

Hugo tecleó rápido. Sus cejas se alzaron.

—Marcos Soria Velázquez. Ingeniero Senior en… ¿TecnoVisión Londres?

—Sí, esa es su empresa.

Hugo giró la pantalla hacia mí.

—Linda, TecnoVisión es una subsidiaria de mi holding, Grupo Blanco. Adquirimos su empresa hace 18 meses. Tu hijo trabaja para mí.

Me quedé helada. El mundo es un pañuelo, o Dios tiene un sentido del humor muy extraño.

—¿Qué?

—Tengo acceso a sus registros de recursos humanos —dijo Hugo, con la mirada endurecida—. Veo sus evaluaciones. Es brillante. Pero también veo sus horas. Trabaja 80 horas a la semana. No ha cogido vacaciones en dos años. Está haciendo exactamente lo que yo hacía. Se está matando por una empresa que, si él muriera mañana, pondría una oferta de empleo al día siguiente.

—Él dice que es feliz…

—No, Linda. Él cree que eso es lo que se espera de él. Y tú, protegiéndole, no diciéndole lo sola que estás, estás permitiendo que se pierda lo único que importa.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté con miedo.

—Voy a devolverte el favor. Tú me salvaste la vida. Yo voy a intentar salvar la vuestra.

Hugo organizó una videollamada con Marcos al día siguiente. Le dijo que era una entrevista para un posible ascenso a la central en Madrid. Yo estaba en la habitación, fuera del ángulo de la cámara, temblando como una hoja.

 

 

 

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