Llevo 21 años trabajando en Nochebuena para huir de mi soledad, hasta que salvé al jefe de mi hijo y todo cambió.

 

 

La pregunta flotó en el aire, pesada y cruel.

—Mi hijo vive en Londres. Es ingeniero de software senior. Es muy importante.

—¿Cuándo fue la última vez que le viste?

—Hace… un tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

Miré mis manos.

—Cuatro años.

Hugo soltó un suspiro que sonó a dolor.

—Cuatro años. Y tú sigues aquí, trabajando como una esclava, enviándole mensajes alegres para no molestarle.

—Él está construyendo su futuro. Yo no quiero ser una carga.

—Linda, escúchame. Yo soy como tu hijo. O lo era, antes de estampar mi coche contra un muro. Tengo una empresa de tecnología. Creía que el éxito era facturar millones y salir en Forbes. Casi me muero sin haber cenado con mis padres en seis meses. Si tú no hubieras peleado por mí, habría muerto siendo un idiota exitoso y solitario.

—Marcos es diferente —defendí débilmente.

—¿Lo es? —Hugo cogió su iPad de la mesilla—. ¿Cómo se llama tu hijo?

—Marcos Velázquez. Bueno, usa el apellido de su padre a veces, Marcos Soria.

 

 

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