Despierto y aburrido en la cama, veía más de lo que yo creía. Veía cómo comía sola mis sándwiches mirando el móvil. Veía cómo mis ojos se iluminaban cuando vibraba el teléfono y cómo se apagaban cuando no era Marcos.
Un día, a mediados de enero, entré a ponerle la medicación. Sus padres habían bajado a la cafetería.
—Linda —dijo Hugo. Su voz aún era rasposa por el tubo—. Siéntate un momento, por favor.
—Tengo pacientes, Hugo…
—Por favor. Solo un minuto.
Me senté en el borde de la silla. Hugo me miró con unos ojos inteligentes, de esos acostumbrados a cerrar tratos millonarios.
—He preguntado por ahí. Las otras enfermeras dicen que trabajas todas las fiestas. Que tu marido falleció y que tu hijo… bueno, que tu hijo está muy ocupado.
Me puse rígida.
—Mi vida privada no es asunto tuyo, muchacho.
—Me salvaste la vida porque viste mi foto de fondo de pantalla —dijo él suavemente. Mi madre me lo contó. Dijiste que alguien me esperaba.
—Sí.
—¿Quién te espera a ti, Linda?