—Linda, un minuto más y paramos —concedió Reinoso.
Seguí empujando. Mi visión se nublaba. Treinta compresiones, dos ventilaciones. Y entonces…
Bip.
El monitor parpadeó.
Bip… Bip…
—¡Tenemos ritmo! —gritó el anestesista—. ¡Ritmo sinusal!
Me dejé caer hacia atrás, temblando incontrolablemente, mientras el equipo se lanzaba a estabilizarlo. La Dra. Reinoso me miró por encima de la mascarilla, con los ojos brillantes.
—Lo has traído de vuelta, Linda. Es un milagro de Navidad.
Salí al pasillo, me quité la mascarilla y me deslicé por la pared hasta el suelo. Allí, sola en el pasillo frío, lloré. Lloré por Hugo, por el terror que sentiría su familia cuando se enteraran. Lloré por David. Y lloré porque, aunque había salvado una vida, al terminar mi turno volvería a una casa vacía donde nadie había luchado tanto por mí.
Dos días después, el 26 de diciembre, estaba revisando las vías de Hugo en la UCI cuando escuché voces alteradas en el pasillo.
—¿Dónde está? ¡Quiero ver a mi hijo!
Una mujer elegante de unos 60 años entró corriendo, seguida por un hombre alto de pelo plateado. Eran Catalina y Guillermo Blanco. Habían volado desde Barcelona en cuanto se abrieron los aeropuertos tras la tormenta.
—Señora Blanco… —intenté decir.