Llevo 21 años trabajando en Nochebuena para huir de mi soledad, hasta que salvé al jefe de mi hijo y todo cambió.

 

 

—Carga a 200 —dijo Reinoso.

—¡Fuera!

El cuerpo de Hugo se arqueó. Nada. Línea plana.

—Otra vez. A 300. ¡Fuera!

Nada.

—Mierda —susurró la doctora. Miró el reloj. Eran las 22:00 de la Nochebuena—. Lleva cinco minutos sin pulso, Linda. Tenemos que declarar la hora…

—¡No! —mi grito resonó en el quirófano estéril.

La Dra. Reinoso me miró, sorprendida.

—Linda, el protocolo…

—¡Al diablo el protocolo! —Me subí a un taburete para tener mejor ángulo y coloqué mis manos sobre el pecho de Hugo, comenzando las compresiones manuales—. ¡No en mi guardia! ¡No en Nochebuena!

Empecé a bombear. Uno, dos, tres, cuatro… Mis brazos ardían, el sudor me caía por la frente entrando en mis ojos, pero no paré.

—Linda, es inútil… —dijo Javi suavemente.

—¡Tiene a sus padres esperando! —jadeé, empujando con todo mi peso—. ¡He visto la foto! ¡Le están esperando para cenar! ¡No voy a dejar que su madre reciba esa llamada esta noche!

Pensé en Marcos. Pensé en si fuera mi hijo el que estuviera en una mesa fría en Londres. Pensé en David, que murió solo entre las llamas.

—¡Vamos, hijo, lucha! —grité al cuerpo inerte—. ¡Lucha, maldita sea!

 

 

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