El hospital tranquilo se transformó. La Dra. Reinoso corrió hacia el box. El residente, Javi, se puso pálido pero empezó a preparar vías. Yo me movía con la calma de quien ha visto a la muerte a la cara mil veces, preparando el carro de paradas, cargando medicación.
Tres minutos después, las puertas de la ambulancia se abrieron de golpe. Los técnicos del SAMUR entraron a la carrera empujando una camilla. Sobre ella yacía un joven, tal vez de 28 o 29 años, vestido con lo que alguna vez fue un traje de diseño italiano, ahora hecho jirones y empapado en sangre.
—Hugo Blanco, 28 años —gritó el médico del SAMUR—. Impacto a 120 km/h. Presión 80/50 y bajando. Pulso 120 y filiforme.
Yo ya estaba cortando su ropa con las tijeras, mis manos moviéndose solas. Había demasiada sangre.
—¡Al quirófano, ya! —ordenó la Dra. Reinoso.
Mientras corríamos por el pasillo empujando la camilla, vi sus efectos personales en una bolsa de plástico transparente sobre sus piernas. Una cartera de cuero, un reloj caro y un iPhone con la pantalla rota. La pantalla se iluminó un segundo por el movimiento. Fondo de pantalla: una foto familiar. Una pareja mayor, elegante, abrazando a este joven en un barco, los tres riendo bajo el sol del Mediterráneo.
Alguien estaba esperando a este chico. Alguien le necesitaba en casa esta noche.
Los siguientes 45 minutos fueron un borrón de caos controlado dentro del quirófano de urgencias. Rotura de bazo, hígado lacerado, tres costillas rotas. Y entonces, el sonido que todos tememos. El pitido continuo y agudo.
—¡Entra en parada! —gritó Javi.
—¡Desfibrilador! —ordené yo, ya con las palas en la mano.