«Así se hace entre vecinos»
Mi madre se curó, lentamente. El primer día que se levantó y salió al patio, pálida, apoyada en la pared, doña Aurelia estaba en su cerca, como siempre, con las manos en el delantal. Se miraron, dos mujeres, por encima del límite entre sus patios.
Mi madre abrió la boca para agradecerle por los tres meses, por todas las ollas, por la harina fiada. Pero doña Aurelia levantó la mano y dijo apenas:
«No. No tenés que decir nada. Así se hace entre vecinos.»
Y volvió con sus gallinas.
Lo que perdimos con los muros de concreto
Hoy tengo cuarenta y tres años y vivo en la ciudad, en un edificio donde no sé ni cómo es la cara del vecino de al lado. Nos cruzamos en el ascensor, asentimos, miramos el celular hasta que se abren las puertas. Pasamos unos al lado de otros como sombras, cada uno con su puerta, su vida, su soledad bien cerrada por dentro.
Doña Aurelia murió hace siete años, sola, en aquella casita desde donde se veía medio pueblo. Sus hijos vinieron al entierro, vendieron la casa y se fueron. Ahora vive allí una familia de extraños que, según me cuenta mi madre, levantó una cerca alta de concreto entre los patios, para que no se vea al otro lado.
El año pasado volví al pueblo. Paré el auto frente a su antigua casa y me quedé mirando ese muro que tapaba la ventana desde la cual ella lo veía todo. Y entendí que no solo había muerto una mujer. Había muerto una manera de ser humano. Una forma en la que alguien te ponía una olla caliente sobre la mesa sin preguntar, sin esperar dinero, con la certeza simple de que si el vecino tiene necesidad y vos tenés, es normal compartir.
Lo que ella hacía no era caridad —la caridad tiene algo de superioridad, un poco de orgullo—. Era otra cosa, algo para lo que ya casi no tenemos palabras: la forma correcta de vivir cerca de otro ser humano.