Hay verdades que uno solo comprende después de los treinta años, cuando se despierta en un departamento de ciudad y se da cuenta de que ni siquiera sabe el nombre del vecino que vive en el mismo piso. Recién ahí entendemos lo que perdimos.
Una mujer que lo veía todo desde su ventana
Doña Aurelia vivía al lado de mi casa, del otro lado de la cerca. Era una mujer pequeña, delgada, de manos siempre ocupadas y mirada atenta. Sabía todo lo que pasaba en la calle sin necesidad de preguntar: le bastaba con observar desde la ventana de su cocina, desde la cual se veía la mitad del pueblo.
Cuando mi madre se enfermó, ella fue la primera en notarlo. Antes que el médico, antes que nosotros mismos, sus hijos. «Tu mamá tiene mala cara», me dijo una mañana mientras yo salía para la escuela. Yo tenía trece años y no quería escucharla. Me encogí de hombros y seguí caminando, molesto con ella por decir cosas feas.
Tres meses de ollas calientes
Mi madre tenía un problema estomacal grave que la tuvo en cama durante tres meses, con sueros, viajes al hospital de la ciudad y medicamentos que apenas podíamos costear. Mi padre trabajaba en una fábrica a veinte kilómetros: salía a las seis de la mañana y volvía a las siete de la noche, agotado. Nosotros, tres niños, pasábamos el día solos, con nuestra madre enferma y una cocina vacía en la que, aunque hubiéramos sabido cocinar, no había mucho que preparar.
La primera olla apareció al segundo día. Doña Aurelia golpeó la puerta al mediodía con un recipiente cubierto por un paño. «Sopa de papas», dijo, y se fue. No entró, no se quedó a conversar. Dejó la comida sobre la mesa y volvió a su casa.
Al día siguiente, otra olla. Porotos con especias. Al tercer día, guiso de pollo. Al cuarto, arrollados de repollo. Y así, día tras día, durante tres meses enteros. Sin preguntar si queríamos, sin esperar invitación, sin detenerse ni siquiera cuando mi madre le mandó decir, a través de otro vecino, que ya no era necesario.