Pienso en ella cada vez que pido comida por una aplicación y el repartidor me la deja en la puerta sin decir palabra, y yo le dejo propina digital y cierro sin verle la cara. Todo pagado, todo correcto, todo limpio. Y sin embargo, no hay nada del calor que había bajo aquel paño.
¿Cuándo perdimos esa costumbre? ¿Cuándo cambiamos el «así se hace entre vecinos» por muros de concreto y por «cada uno con lo suyo»? ¿Cuándo la bondad simple se volvió sospechosa, algo que hay que pagar, algo que ya no sabemos recibir sin preguntarnos qué quiere el otro a cambio?
Yo solo sé una cosa: en algún lugar de un pueblo hubo una mujer pequeña, pobre y sola, que se endeudó en el almacén para alimentar durante tres meses a tres niños que no eran suyos, y que se ofendió cuando quisieron agradecerle. Si existe un cielo, estoy seguro de que doña Aurelia está allí, junto a alguna cerca, con un recipiente cubierto por un paño en las manos, mirando quién más necesita ayuda.