La primavera en Murmansk siempre llega con una brusquedad inesperada.

 

 

Un día, descubrió otra estación, destruida y sepultada en la nieve. En las paredes había grafitis que parecían advertencias: “No confíes en el tiempo... vendrá... se irá”. Alexey empezó a comprender: allí, el pasado y el futuro se entrelazaban, y él se encontraba atrapado en este misterioso bucle.

Su cuerpo y su mente se adaptaron lentamente a las condiciones, pero la pregunta persistía: ¿podría regresar a casa? ¿Y quién o qué lo vigilaba en ese frío y desolado confín del mundo?

Con cada día que pasaba, el gélido páramo se volvía más inhóspito. Alexey apenas distinguía el día de la noche: la blanca nieve se fundía con el cielo gris, y el viento y el crujido del hielo parecían una melodía constante de silenciosa amenaza. Sus pensamientos se debatían entre los recuerdos de su hogar, el miedo por su hijo y el incomprensible misterio del mundo que lo rodeaba.

El día que la tormenta azotó Nord-3 con especial ferocidad, Alexey presentía que algo había cambiado. Esa mañana, descubrió nuevas huellas en la nieve: no solo surcos, sino profundas trincheras, como si algo enorme hubiera estado avanzando penosamente a través del hielo. Moverse era peligroso, pero una voz interior le decía que ir allí era la única oportunidad de comprender lo que estaba sucediendo.

Reunió lo esencial y se dirigió al sur, hacia la línea marcada en los viejos mapas de la estación. Cada paso era una lucha: el hielo se deslizaba, el viento intentaba derribarlo, la escarcha le atravesaba la cara. Pero entonces vio una silueta; no una persona, sino algo enorme, cubierto de escarcha, moviéndose de una forma que no podía describirse como natural. Alexey se quedó paralizado, con el corazón latiendo como si estuviera a punto de estallar.

"¿Quién está ahí?" gritó, pero la única respuesta fue el eco de su voz y el rugido del viento.

Y entonces escucho una voz familiar, la misma que sonaba a través de la radio:

- Alexey... no pares...

La voz sonaba cerca, aunque no había nadie cerca. Alexey se dio cuenta de que no era solo una tormenta ni una alucinación. De repente, el hielo bajo sus pies se quebró, y apenas logró retroceder, sintiendo una enorme grieta extenderse por la superficie, como si el mismísimo Ártico quisiera tragárselo.

 

 

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