La primavera en Murmansk siempre llega con una brusquedad inesperada.

La primavera siempre llega a Múrmansk con una brusquedad inesperada. Una capa de nieve helada aún cubre las calles de la ciudad, pero el aire ya huele a mar y al metal fresco de las grúas del puerto. Los barcos se deslizan tranquilamente por el agua, preparándose para su próximo viaje, y en el horizonte, donde las nubes grises se unen al mar infinito, parece como si la naturaleza misma se estuviera preparando para algo inusual.

El arrastrero Severomorets-12 estaba en puerto, listo para zarpar hacia la costa de Nueva Zembla. Para la tripulación, era un viaje rutinario: revisión de motores, preparación de aparejos, las habituales conversaciones y bromas con las que los hombres intentaban disipar la fatiga y la soledad. Pero en medio de este bullicio familiar, había un hombre cuyos pensamientos vagaban por otros lugares.

El auxiliar mecánico Alexei Serov, de treinta y dos años, un hombre tranquilo y taciturno, se encontraba cerca de la sala de máquinas. Pasó la mano por la fría superficie metálica del motor, como si saludara a un viejo amigo. Antes de irse, sacó un papel del bolsillo y escribió una breve carta a su esposa:

—Volveré pronto. Cuida de tu hijo.

Sus manos olían a fueloil y el papel a la brisa marina salada. Metió la carta en un sobre, con la esperanza de que ninguna tormenta ni accidente le impidiera regresar a casa.

El barómetro descendió a un ritmo alarmante, y al anochecer el mar se había vuelto espeso y plomizo. La tormenta azotó de repente. Las olas se elevaban más alto que la timonera, el viento rugía y la espuma hacía temblar el casco metálico. Alexey sintió el corazón del barco latir bajo la palma de la mano, como si advirtiera de un desastre inminente.

Un impacto repentino desde abajo ensordeció a todos. El barco volcó, la gente se revolvió, el agua entró a raudales, ahogando todo a su paso. El mundo se desintegró en dos sonidos: el rugido del mar embravecido y el penetrante sonido de la propia respiración.

Frío. Cayendo al abismo. Oscuridad.

Cuando Alexey recuperó la conciencia, se dio cuenta de que no estaba en cubierta, sino sobre el hielo. A su alrededor había témpanos rotos, fragmentos de aparejo y un silencio absoluto. No había nadie cerca. Solo el. Un punto oscuro en la distancia le llamó la atención. Alexey se arrastró en esa dirección, el hielo crujiendo bajo sus pies y el viento silbando, como advirtiéndole de algo.

 

 

⬇️Para obtener más información, continúa en la página siguiente⬇️

Leave a Comment