Ante él se alzaba una cabaña de madera torcida con un letrero descolorido: “Estación Polar, 1943”. Dentro, estaba oscuro y olía a óxido y moho. La estufa, las cajas, los restos de una antena: todo denotaba abandono. Pero sobre la mesa había una lata de conservas recién lavada y, junto a ella, una huella de bota. Alexey se dio cuenta de que no estaba solo.
Alexey se quedó en la puerta, escuchando el viento y el silencio que lo rodeaba. El hielo se quebró, como si el mismísimo Ártico le hablara, advirtiendo de peligros impredecibles. Examinó la cabaña: las paredes se inclinaban, las tablas crujían, pero aún conservaban rastros de vida humana. Sobre la mesa, junto a una lata de conservas, había hojas de papel con notas borrosas, algunas de las cuales estaban casi borradas por la humedad y el tiempo.
"¿Quién anda ahí?", preguntó Alexey en voz baja, pero lo único que oyó como respuesta fue el silbido del viento.
Reunió todo lo que pudo encontrar útil: cable, una batería, un trozo de antena, un mapa antiguo con líneas de ruta y zonas sombreadas del mar. En el hielo cercano, divisó los cuerpos de dos de sus compañeros, una balsa volcada y un maletín empapado con las notas de la travesía. Dentro de una de las cajas había una nota, borrosa por el agua salada: "Déjame. Ve al sur. Peligro." La palabra "peligro" estaba subrayada dos veces.
Las huellas en la nieve no parecían humanas. Parecía como si alguien o algo pesado se hubiera arrastrado por el hielo, dejando surcos profundos. Alexey lo comprendió: la tormenta podría haber dejado solo escombros al azar, pero esto... esto era algo más.
Regresó a la estación e intentó reactivar la radio. Se oyó un siseo, un crujido y, de repente, una voz. Clara, uniforme, como si estuviera a su lado:
- Serov... si me oyes... vete...
A Alexey se le encogió el corazón. Nadó entre las olas, pero solo oyó el estruendo y su nombre, resonando en el vacío. Una voz interior le decía que no confiara en sus ojos ni en sus oídos: el Ártico era un lugar de engaños, donde el tiempo y el espacio obedecían a sus propias leyes.
En el interior de la puerta, grabado un cuchillo, se leía: "NO LLAMAR. AQUÍ NADIE CONTESTA".