La primavera en Murmansk siempre llega con una brusquedad inesperada.

 

 

Continuó por las placas heladas y se topó con una nueva estructura, semienterrada en la nieve: “Nord-3”. La casa había sido abandonada a toda prisa: una tetera volcada, una taza vacía, un saco de dormir congelado en el vacío. En la pared había un mapa del Ártico con una línea que atravesaba el mar de Láptev, y en los márgenes una nota: “Contacto perdido... observación continua... no acercarse...”.

Alexey sintió una extraña sensación: como si hubiera entrado en un mundo alienígena donde las leyes del tiempo dejaban de regir. Recordó los viejos relatos marineros sobre "expediciones perdidas", de personas que desaparecieron durante décadas y regresaron sin recordar su desaparición.

Esa noche, el viento arreció, impidiéndole permanecer dentro del Nord-3. Alexey se acurrucó en uno de los sacos de dormir vacíos, escuchando el hielo crujir y gemir bajo el peso de una presión invisible. Intentó dormir, pero cada susurro, cada silbido del viento, le aceleraba el corazón.

Al día siguiente, decidió examinar los escombros y las huellas cercanas. Notó que aparecían nuevos surcos en el hielo, como si alguien lo observara, dejando marcas. Alexey intuyó que no se trataba solo de rarezas del tiempo o de la tormenta: había algo vivo allí, y lo observaba.

Cuando intentó comunicarse nuevamente con la radio, la señal se interrumpió repentinamente con una transmisión corta:

- Alexey... ellos vendrán... no llegues tarde...

La palabra "ellos" no quedó clara. ¿Quién hijo? ¿Personas? ¿O algo más que vive aquí, en el hielo eterno?

Dentro del Nord-3, encontré un viejo diario, cubierto de hielo y escarcha. La tinta estaba casi completamente desgastada, pero aún se podía leer algo. El diario perteneció a un investigador de la década de 1940 que describió "anomalías temporales" y "sombras móviles" en el hielo, desapariciones y sonidos inexplicables. Alexey se dio cuenta de que se había topado con un fenómeno que no podía explicarse con la lógica convencional.

Con cada día que pasaba, su supervivencia se hacía cada vez más difícil. El frío lo atenazaba, sus provisiones se derretían y su sensación de soledad se intensificaba. Pero lo más importante era que los extraños sucesos en el hielo continuaban. Cada mañana, nuevas huellas, nuevos escombros, nuevas señales, como si alguien intentara advertirlo, guiarlo o intimidarlo.

 

 

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