—¡Oficial! —alcanzó a decir—. Yo tengo todo en video. Ella no hizo nada.
—Si no te sientas, te llevo también —ladró Quintana.
El muchacho se encogió, pero no dejó de filmar.
La puerta del café se abrió. Un golpe de luz los cegó por un segundo.
Y entonces el suelo empezó a vibrar.
Primero se escuchó el bramido de motores pesados. Luego, el batir de hélices cortando el aire.
La calle se llenó de camionetas blindadas con placas de la Secretaría de la Defensa Nacional. Encima, un helicóptero descendía lo suficiente para levantar polvo, basura y servilletas por toda la avenida.
Los comensales se levantaron de un brinco.
Algunos salieron corriendo a la acera.
Otros se pegaron a las ventanas.
—¿Qué demonios…? —murmuró uno de los policías.
La puerta del vehículo principal se abrió.
Bajó un hombre con uniforme verde olivo impecable, botas negras brillantes y un rostro que no dejaba lugar a dudas: mando total.
El general Marcos Reyes caminó hacia la entrada del café con un paso firme, casi lento, mientras detrás de él se desplegaban soldados formando un perímetro.
Su mirada se clavó en una sola escena: su hermana, con las manos esposadas, el cabello desordenado, la mejilla roja, sostenida por el brazo por un policía que la trataba como delincuente.
Nada hizo ruido en la cabeza de Marcos. Solo un zumbido de ira fría.
Se colocó a un metro de Quintana.
—Suéltala —dijo, sin gritar.
El silencio fue brutal.
Los policías lo miraron, confundidos, molestos por la interrupción… hasta que vieron las insignias en el pecho del general, los parches, las estrellas.