Uno de los soldados se cuadró instintivamente. Los demás lo imitaron.
—¿Y usted quién es para venir a decirme cómo hacer mi trabajo? —escupió Quintana, aún aferrándose a Ariana.
Marcos extendió una credencial que brilló bajo el sol.
—General de División Marcos Reyes —pronunció—. Y esa mujer a la que estás maltratando es mi hermana.
Un murmullo corrió por la gente como electricidad.
El chico de la sudadera acercó más el teléfono.
Quintana tragó saliva, pero no soltó.
Marcos dio un paso más, invadiendo su espacio, su sombra tapando el rostro del policía.
—Te lo voy a decir una sola vez —murmuró, tan despacio que asustaba más que un grito—: quítale las manos de encima. O este incidente se convierte en un escándalo nacional antes de que acabe la hora.
El oficial sintió un escalofrío.
La soberbia se le desmoronó de golpe.
Soltó a Ariana como si quemara.
Ella, mareada, dio un paso y cayó directo en los brazos de su hermano.
—Tranquila, Ary —susurró él, apretándola contra su pecho—. Ya estoy aquí.
Los celulares ahora grababan sin miedo. Nadie se escondía.
El chico del video se acercó, nervioso.
—Señor… digo, mi general… yo grabé todo —dijo, dándole el teléfono—. Desde que llegó la señora esa. Ella no hizo nada.
Marcos le sostuvo la mirada.
—Gracias, hijo —respondió con sinceridad—. Lo que hiciste hoy va a cambiar muchas cosas.