En el Café El Encino, un diner chiquito junto a la carretera de una ciudad del norte de México, la mañana había empezado como cualquier otra.
Olor a café de olla, hot cakes en la plancha, choques de platos y los mismos clientes de siempre hablando de futbol y política.
Entre las mesas se movía Ariana Reyes, mesera de turno, morena, alta, trenzas recogidas en un chongo rápido y una calma aprendida a golpes.
Era la calma de quien ya estaba acostumbrada a las miradas de arriba abajo, a los “morenita” con tono condescendiente, a que algunos clientes le chiflaran como si pidieran un perro y no un café.
Ariana, sin embargo, caminaba derecha. Por dentro cargaba algo más fuerte que el miedo: la voz de su hermano mayor, el general Marcos Reyes, resonando en su memoria:
“Nunca te inclines ante la injusticia, Ary. Nunca.”
La campanita sobre la puerta sonó y el ambiente cambió.
Entró una mujer rubia, piel clara como papel, vestido blanco pegado al cuerpo, lentes enormes y un bolso de marca que gritaba dinero. Caminaba como si el café y la carretera y todo lo que lo rodeaba le pertenecieran.
—Buenos días, señora —dijo Ariana, con su voz de siempre—. ¿Mesa para una?
La mujer ni la miró.
Se sentó en la mejor mesa junto a la ventana y chasqueó los dedos.
—La carta. Y apúrate. Está helado aquí —soltó, aunque hacía calor.
Ariana llevó el menú, respirando hondo.
—No tenemos leche de almendra, señora —explicó unos minutos después, con paciencia—. Puedo ofrecerle capuchino normal o…
—¿Cómo que no tienen leche de almendra? —la interrumpió la mujer, subiendo la voz—. ¿En qué clase de pocilga trabajo… trabajan ustedes?
Se corrigió, con una mueca de asco.
Algunos comensales voltearon. El cocinero, desde la barra, frunció el ceño. El gerente, Don Lalo, fingió revisar la caja.