—Puedo traerle otra cosa —repitió Ariana, suave—. El dueño no compra…
—¡No me interesa lo que compra el dueño! —la rubia se levantó de golpe, arrastrando la silla, haciendo un ruido que heló el lugar—. Gente como tú solo sirve para decir “sí, señora”.
La palabra “gente” le escupió en la cara como veneno.
Ariana sintió la quemadura en el pecho, pero no bajó la cabeza.
—Señora, solo estoy haciendo mi trabajo.
—¿Ah, sí? —la mujer se inclinó hacia ella, oliendo a perfume caro y desprecio—. Pues hazlo mejor. Y no inventes. Te vi en el coctel de Emilio Zambrano, ¿sí? El millonario. Seguro crees que por servirle canapés ya somos del mismo mundo.
Ariana la miró, sorprendida.
—Fui mesera en ese evento, sí —admitió—. Solo dije eso para que supiera que no la estaba confundiendo con otra persona.
La rubia sonrió con malicia.
—Perfecto. Entonces voy a llamar a quien sí importa aquí.
Sacó su celular.
—Voy a llamar a la policía. A ver si también les contestas con ese tonito.
Ariana sintió un nudo en el estómago.
—No hice nada, señora.
—Amenazaste. Dijiste que un millonario y “un general” se iban a encargar de mí —inventó, elevando la voz—. Lo escucharon todos, ¿verdad?
Nadie respondió. Solo unos ojos incómodos, bajando de nuevo a sus platos.
Diez minutos después, una patrulla se detuvo frente al café.
Entraron tres policías municipales como si fueran a responder a un asalto. Chalecos, mano cerca de la pistola, gesto de autoridad excesiva.
El que iba al frente, el oficial Quintana, tenía fama en la zona. La gente bajaba la voz cuando él pasaba. No por respeto, sino por miedo.