—Buenas —dijo, mirando a Ariana como si ya supiera quién era la “culpable”—. Recibimos un reporte de alteración del orden y amenazas.
La rubia levantó la mano como en la escuela.
—Fue ella —señaló a Ariana—. Me faltó al respeto, me amenazó, dijo que sus amigos millonarios y un general del ejército me iban a destruir.
—Eso no es verdad —respondió Ariana, sintiendo cómo le temblaban las manos, pero manteniendo la voz firme—. Solo dije que la reconocí de un evento. No amenacé a nadie.
Quintana se acercó tanto que ella pudo contarle las cicatrices de la barbilla.
—Dame tu INE —ordenó—. Y deja de jugar a la víctima.
Ariana sacó su cartera, el plástico desgastado.
—Oficial, de verdad no hice nada.
—Ya escuché otra versión —replicó él—. Y ella trae vestido caro, tú traes delantal. Adivina a quién le voy a creer.
Las risas bajas de los otros dos oficiales se escucharon desde la puerta.
—Oficial —intentó Ariana una vez más—, no quiero problemas. Yo solo trabajo aquí. Además… de verdad no conviene que haga esto. No sabe quién soy.
No lo dijo como amenaza. Lo dijo como advertencia desesperada.
—¿Ah, sí? —Quintana sonrió, disfrutando—. A ver, ¿quién eres, princesa?
Ariana tragó saliva.
—Soy hermana del general Marcos Reyes, del Ejército Mexicano.
La rubia soltó una carcajada teatral.
—¿Ya ven? —dijo a los policías—. Lo sabía. Se inventa historias. Hace rato habló de un millonario, ahora sale con lo del general. Está loca. Peligrosa.