El gesto de Quintana se endureció.
—Mira, morenita —murmuró, bajito, cerca de su oído—. No me mientas en la cara. ¿Un general va a tener una hermana sirviendo café en un cuchitril como este?
Sin esperar respuesta, le tomó el brazo con fuerza.
Ariana dio un paso atrás.
—Oficial, me está lastimando.
—Deja de resistirte —gruñó él.
La empujó hacia la mesa más cercana y le estampó la mejilla contra la superficie fría. El golpe le hizo ver chispas.
Los otros dos se rieron nerviosos. La rubia miraba la escena con una sonrisa torcida, como si por fin la mañana le estuviera saliendo bien.
—¡Oiga! —murmuró uno de los clientes, un señor mayor—. No es para tanto…
—Cállese o lo subo a usted también —escupió Quintana.
Ariana sintió la humillación arderle en la piel. No era solo el dolor físico. Era el mensaje: no importas, no vales, nadie aquí va a hacer nada por ti.
En el bolsillo de su delantal, algo se activó sin que ella lo supiera.
Un pequeño dispositivo del tamaño de una moneda, que su hermano le había dado meses antes, después de que la habían insultado y escupido en otro trabajo.
“No porque no puedas defenderte”, le había dicho Marcos, “sino porque yo no pienso quedarme sin saber si algo te pasa.”
Una alarma silenciosa viajó por la red militar.
En un cuartel a pocos kilómetros de ahí, en medio de una reunión sobre despliegues, sonó un pitido grave en una pantalla.
El general Marcos Reyes miró el monitor. Vio el punto rojo parpadeando sobre un mapa, justo en la ubicación del Café El Encino.
Su rostro, normalmente sereno, se volvió piedra.