La niña de barrio que dejó sin palabras al juez hablando 11 idiomas

 

 

Jimena entró sin esposas, con un saco prestado por Paulina, el cabello recogido en una coleta alta. Se veía simple, pero había algo en su postura, en cómo clavaba los pies en el piso, que hacía ruido.

El juez Barragán, más serio que la primera vez, carraspeó.

—Profesores —dijo—, gracias por asistir. Hoy determinaremos si esta joven es una genio incomprendida o la mejor actriz de México.

El primero en levantarse fue un hombre corpulento de barba rubia, el profesor Müller.

—Empezaremos con alemán —dijo en español neutro—.

Le extendió un documento.

Jimena bajó la mirada al papel. Era un contrato legal sobre fusiones empresariales, lleno de cláusulas, “salvo”, “sin perjuicio”, “jurisdicción aplicable”.

Müller le habló en alemán, rápido, cerrado.

—Explique este contrato y los riesgos para la empresa mexicana.

La sala contuvo la respiración.

Jimena leyó treinta segundos. Luego levantó la vista y respondió en alemán, fluido, seguro, sin tropezar. Explicó cada cláusula, detectó una ambigüedad que podría costar millones en litigios y luego cambió al español, traduciendo no solo palabras, sino intenciones.

El profesor la miró con el ceño fruncido.

—¿Dónde aprendió ese nivel de alemán legal? —preguntó, en su idioma.

 

 

 

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