—“Esta corte no es un circo, señorita. Y usted no es más que una mentirosa de barrio”.
Eso le dijo el juez frente a todos, mientras la sala estallaba en risas.
Cinco minutos después, la única persona que no podía articular ni una palabra… era él.
La Sala 14 del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México olía a café recalentado, desodorante barato y miedo. Cada banca estaba llena. Periodistas con chalecos de “Prensa” se apretaban contra la pared, listos para grabar el momento exacto en que una chamaca de Iztapalapa fuera sentenciada como estafadora profesional.
En medio de todo, con las manos esposadas por delante, estaba ella.
Jimena Álvarez, 23 años, tenis desgastados, sudadera sencilla y el tipo de mirada que la vida endurece a golpes: más fuego que lágrimas.
—Caso 5809/24 —cantó el secretario—. El Estado contra Jimena Álvarez. Cargos: fraude electrónico, suplantación de identidad y estafa agravada.
El juez Tomás Barragán, famoso por su mano dura y su cero paciencia con “los de barrio”, hojeaba el expediente con cara de fastidio. Traje perfectamente planchado, corbata cara, cabello gris hacia atrás. Lo miraba todo con ese aire de “ya los conozco, todos son iguales”.
—A ver, licenciada Robles —bufó—. Explíqueme otra vez, porque honestamente esto parece broma: su clienta, que trabajaba limpiando oficinas en Reforma, asegura que habla… ¿cuántos idiomas?
La defensora pública, Paulina Robles, ojeras profundas, saco barato y un temple que apenas sobrevivía al café soluble, tragó saliva.
—Diez, su señoría… Bueno, once —corrigió con voz baja—. Español y diez más.
Las risitas se propagaron por la sala como chispa en pasto seco.