La niña de barrio que dejó sin palabras al juez hablando 11 idiomas

 

 

 

El fiscal, un hombre flaco de traje impecable llamado Mauricio Landa, no perdió la oportunidad.

—Su señoría, la acusada se hizo pasar por traductora certificada para empresas internacionales, universidades y hasta dependencias de gobierno. Cobró cientos de miles de pesos por traducciones en diez idiomas. No tiene título, no tiene certificación, no terminó la universidad. Lo único que tiene es una imaginación muy creativa.

El juez la miró por primera vez, de arriba abajo, con descaro.

—¿Diez idiomas, señorita Álvarez? —dijo con una sonrisa torcida—. Yo apenas hablo bien el español… y usted, que viene de San Miguel Teotongo, resulta que es políglota.

Un murmullo burlón recorrió la sala. Jimena sintió la vergüenza subirle como fuego a la cara, pero no bajó la mirada.

Otra vez lo mismo, pensó. Otra vez soy “la de limpieza”, la que no puede, la que no debe ser más que lo que el mundo decidió.

—Su señoría… —Paulina intentó intervenir.

—No, no —la cortó Barragán—. Quiero escucharla a ella. A ver, señorita: ¿tiene algo relevante que decir antes de que sigamos perdiendo el tiempo?

Jimena respiró hondo. Sintió el metal frío de las esposas, el sudor en la nuca, el peso de cientos de ojos que ya la habían condenado.

Y habló.

—Sí, su señoría —dijo, clara, firme—. Hablo once idiomas. Y puedo demostrarlo aquí mismo, ahora mismo… si usted tiene el valor de escuchar.

El silencio cayó sobre la sala como una manta pesada.

 

 

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