Sacó un sobre grueso del portafolios.
—Aquí están los correos donde los chinos elogian su trabajo, los documentos que usted tradujo y mi declaración jurada confesando que mentí. Si estos papeles no la sacan de aquí, al menos mostrarán al mundo quién es el verdadero fraude.
Jimena sintió las lágrimas quemarle la garganta, pero no lloró. No frente a él.
—¿Por qué ahora? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué no antes?
—Porque anoche vi el video del juez riéndose de usted en las noticias —dijo, con la voz quebrada—. Tengo una hija de su edad. Me imaginé que fuera ella en su lugar… y me dio asco verme en el espejo. Prefiero perder mi trabajo que seguir siendo cobarde.
Cuando salió de la sala, Jimena abrazaba el sobre como si fuera un chaleco salvavidas.
Esa misma tarde, Paulina llegó agitada a la celda.
—Conseguí a otro cliente —jadeó—. También admite que lo presionaron para decir que tu trabajo era malo. Estoy detrás del tercero.
La oficial Nancy, una joven morena de Iztapalapa como Jimena, se acercó al anochecer con un carrito de libros.
—Tu abogada pidió esto para ti —susurró—. Si alguien pregunta, esto nunca pasó.
En el pequeño paquete había textos en mandarín, alemán, árabe, ruso, francés… pero no novelas, sino manuales médicos, contratos legales, tratados filosóficos. Puro material diseñado para reventar a cualquiera.