Tres días antes del examen, mientras Jimena contaba grietas en el techo, una oficial la llamó.
—Álvarez, tienes visita.
Ella frunció el ceño. No tenía a nadie.
En la sala de visitas, detrás de una mesa de metal, estaba un hombre de traje barato, piel amarilla por tantas desveladas, ojeras profundas. Lo reconoció al instante.
—Ingeniero Chen… —susurró.
Había sido uno de sus clientes más importantes: una empresa tech de Polanco que necesitaba mandar documentos a China.
—Señorita Álvarez —dijo él, sin poder mirarla a los ojos—. Vengo a decirle la verdad… y a pedirle perdón.
El pecho de Jimena se tensó.
—Según el expediente, usted dijo que mis traducciones tenían errores graves —escupió—. Que su empresa perdió millones por mi culpa.
Chen cerró los ojos un segundo.
—Mentí —admitió—. Sus traducciones eran perfectas, impecables. Mis socios en Beijing estaban fascinados. Pero cuando mi jefe se enteró de que la contraté sin verificar sus títulos, me amenazó con correrme. El abogado corporativo dijo: “reporta las traducciones como defectuosas, recuperamos el dinero y protegemos la empresa”. Firmé una declaración falsa para salvar mi puesto.