—¿De verdad hablas todos esos idiomas? ¿O sí estás medio loca?
Jimena miró el techo manchado.
—Los hablo porque mi abuela no se rindió —dijo, y las palabras salieron como si abriera una presa—. Ella fue empleada doméstica toda su vida en casas de diplomáticos en Las Lomas. Alemanes, chinos, franceses, árabes… De todo. Dormía en un cuartito junto a la cocina, pero escuchaba todo.
Sonrió con un brillo triste.
—Cada que llegaba una familia nueva, me llevaba con ella. Mientras ella trapeaba y planchaba, yo jugaba con los hijos de los embajadores. Aprendí a hablar como ellos, a pensar como ellos. Cada vez que dominaba un idioma… la familia se iba. Y llegaba otra. Y otro idioma. Y así.
—¿Y escuela? —preguntó Cata.
—Secundaria y ya. Después mi abuela se enfermó. Le dio un infarto limpiando escaleras de mármol que no eran suyas. Nadie le pagó seguro, nada. Me quedé sola.
Cata la miró en silencio. En el pasillo, alguien gritó una grosería lejana. Santa Martha seguía girando.
—Intenté conseguir trabajo en agencias de traducción —siguió Jimena—. Todas pedían título, certificación, “mínimo maestría”. Nadie me dejó siquiera hacer un examen. Les decía que podía demostrarlo y se reían, igual que el juez. Así que monté mi propio servicio en línea. Cobré menos que las agencias y trabajé como loca. Nunca entregué una traducción sin revisarla tres veces. Y aun así aquí estoy… porque alguien decidió que era imposible que una chamaca sin universidad supiera más que ellos.
—No manches —murmuró Cata—. Al sistema le encanta aplastar a las que se salen del molde.